Estereotipos y estereotipejos (II)


Estereotipos en las series de TV

Además de la herramienta quirúrgica “cine”, la industria cinematográfica estadounidense ha encontrado un verdadero filón en la series de TV, para viviseccionar las mentes de millones de ciudadanos e implantar en ellas determinados estereotipos que redundan en su grandeza como país, como cultura y como ciudadanos, escondiendo al mismo tiempo las incoherencias e incongruencias de un modo de vida exlusivista y exclusionista.

Las tres grandes líneas de trabajo de esta industria de generación de estereotipos son las series relacionadas con la Ley, la Seguridad y la Sanidad.

Abogados

En las series de abogados uno tiene la oportunidad de meterse en el pellejo de un abogado, o de un juez, y entonces hacer “lo correcto”. La gran mayoría de los casos que se tratan están relacionados con la sangre o con la infidelidad, asuntos que el ciudadano medio debe tener perfectamente claros. Para quien no lo tuviese tan claro, el recurso de hacer jurar al testigo sobre la Biblia, transmite al espectador la idea de que tras la debilidad humana, vigila insomne la fortaleza divina. Esto se ve reforzado en ocasiones por el protagonismo de la recurrente frase “In god we trust” (Confiamos en dios) que reza tras la silla de algunos jueces. Si el descreído no va a dios, dios va al descreído. La pretensión general podría ser la de transmitir al telespectador la idea de que la justicia es sobrehumana y al mismo tiempo la de que solo si se confía en dios se puede impartir justicia o decir la verdad en el caso de los testigos.

La idea de que la justicia es sobrehumana nos queda muy claro viendo la eterna ausencia de los banqueros de Wall Street en el banquillo de los acusados, ya que de ser la justicia cosa de hombres, a buen seguro, estos les habrían juzgado hace mucho. Y la idea de que solo si se cree en dios se puede impartir justicia o decir los testigos la verdad, también nos queda muy clara con la igualmente eterna ausencia de acusados de religión musulmana o, simplemente ateos.

En ocasiones, el telespectador se ve en el pellejo de un personaje que se encuentra ante el dilema de mentir para, de alguna manera, llevar el caso a un buen fin, o por el contrario, decir la verdad y con ello dejar libre al principal sospechoso. En un fino trabajo de ingeniería argumental, siempre ocurre que el personaje no llega a traicionarse a sí mismo, pero al final consigue que se encuentre culpable al principal sospechoso. Nunca se entra a aclarar si es realmente culpable o no, lo único que importa es que “la verdad triunfa”. Esto es, ha triunfado el BIEN. Una vez más, todo acabó bien y el espectador suspira en su butaca por haber elegido el camino del bien. Incluso más de uno pensará: “qué difícil ha sido, pero qué bueno(s) soy (somos)”. Alguien debería decirle al espectador que en la realidad no siempre triunfa el bien, que los malos se salen con la suya en muchas ocasiones, que quien tiene la tentación de mentir, frecuentemente lo hace, aunque sea estadounidense. O que quien tiene que desarrollar un juicio contra militares estadounidenses por el asesinato de un periodista español en Irak, finalmente no lo hace por presiones recibidas de altas instancias de… Estados Unidos, esa incontinente fábrica y paraíso del BIEN. Aunque no soy creyente, estoy seguro de que si dios fuera como dicen, y estuviera de parte de alguien, no lo estaría, desde luego que no, de parte de quienes quieren enterrar un caso de asesinato tan flagrante.

La idílica infalibilidad de la justicia estereotípica queda por tierra cuando uno piensa en Guantánamo, por ejemplo. Estoy seguro de que no muchos telespectadores entenderían el caso de un juicio a un preso de esa cárcel ilegal, posterior a su encarcelamiento y no anterior a él, como suele ser normal. Puede que la lubricada imaginación de los guionistas nos presente casos de juicios a los presos de Guantánamo previos a la privación de su libertad, como en retrospectiva; pero sería una mentira tan grande que por mucho lubricante que lleve no entraría fácilmente en cualquier agujero.

Policías

En cuanto a las teleseries relacionadas con el ámbito policial, es decir, con la seguridad, se repite el esquema. El espectador debe sentir el deseo de ser policía, de ejercer la ley por un momento, de tener por lo tanto la capacidad, aunque sea efímera, de elegir el camino correcto. Al igual que ocurre con las de abogados, en estas series los delitos están mayoritariamente relacionados con la sangre, las drogas o las infidelidades, todos ellos temas muy cercanos o muy del interés de gran parte de la población, puede ser, pero nunca veremos en estas series a un policía persiguiendo a los grandes delincuentes que se esconden tras eufemismos como “razones de estado” o “asunto de seguridad nacional”, todo lo más veremos a agentes de policía perfectamente humanos que pierden los nervios ante un rígido sistema que les impide actuar individualmente y con impaciencia en pos del bien.

Hay que decir también que es muy frecuente el estereotipo del agente de policía que, cual religioso, ha contraído matrimonio con el “cuerpo”, lo que impide toda relación normal con otras personas y mucho menos formar una familia estable. Este prototipo de justiciero no es más que el hombre anuncio que transmite la idea de que la justicia está por encima de todo (incluida la familia, y siempre que su falta suponga un sacrificio) y la de que cualquier persona, desde su imperfección humana, puede perseguir el delito, es decir, todos podemos formar parte de los largos brazos del Gran Hermano: Todos policías o delincuentes. El espectador se apresura a elegir “policías”, mientras mira hacia atrás con miedo por si alguien le ha visto dudar y le toma por un delincuente.

Es de especial interés mencionar el asunto racial. La etnia o, en su caso el país de origen, condicionará que cualquiera de piel más oscura que el sueco más albino que exista, se incorpore de oficio a las interminables listas de sospechosos de todo tipo de delitos. Por contra, aquellos individuos que resulten más agradables a su vista y más coincidentes con el arquetipo de esa clasificación racial que marca la línea de pensamiento de la productora, y que tan perversamente recuerda al ideal nazi, gozarán sin duda de un tratamiento más benévolo por parte de los guionistas.

Médicos

Otro inagotable filón son las series de hospitales y médicos. Es el producto donde quizás más difícil resulte esconder la cruda realidad.

Todas estas series son un nutrido catálogo de sentimientos bondadosos, el medio, el soporte: el personal médico. Los doctores no están para ser buenas o malas personas, no estudiaron ocho años o más para desarrollar esa característica, sino para salvar vidas. La gran mentira que ocultan estas series es que toda esta plaga de médicos bondadosos solo pueden ejercer su bondad con aquellos ciudadanos estadounidenses que estén al corriente de pago de su seguro médico. Incluso se han dado casos en los que un médico, en contra de las normas de su hospital (privado, por supuesto), se ha empeñado en prestar asistencia a un enfermo sin seguro, lo que le ha acarreado serios problemas con los responsables de la empresa. Pero como en el edulcorado mundo virtual de la TV siempre triunfa el bien, el médico transgresor solo se lleva una regañina y el enfermo sin seguro salva la vida gracias a él. Lo que no se dice es que el hecho de atender a alguien sin seguro es una excepción y no la regla, como pasa en los países con cobertura sanitaria universal o casi. Según la fuente, en Estados Unidos hay entre 30 y 40 millones de personas (aproximadamente el 15% de la población) sin cobertura sanitaria, ninguno de ellos, o acaso uno por capítulo, podrá disfrutar de la bondad de los médicos de las teleseries de hospitales.

En resumen, los médicos de las teleseries son ángeles con batas verdes o azules, gorros de diseño y bondad de pago.

Cómicos

Por último, pero no menos importante y no menos explotado, tenemos el filón de las “sitcom” o comedias de situación. Varios son los estereotipejos que intentan grabarnos a fuego en el cerebro, a saber:

—Que entre todos los miembros de todas las pandillas de amigos existe un nivel de amistad inquebrantable.

—Que todas las pandillas de amigos cuentan con un gracioso oficial. Lo que puede traducirse en que 1 de cada 4, 5 ó 6 estadounidenses es un cómico en potencia mal aprovechado.

—Que la vida laboral de los protagonistas es tan relajada o tan corta, que les permite disponer de mucho tiempo libre para pasarlo con los de la pandilla hablando de banalidades.

—Que la vida en las grandes ciudades estadounidenses no es para nada inhóspita y resulta muy acogedora.

—Que los habitantes no naturales de Estados Unidos se matan por aprender a ser “americanos” en la escuela nocturna. Tras lo cual habrán llegado por fin al más alto escalón al que puede aspirar jamás un naturalizado: el más bajo escalón en la sociedad estadounidense. Es justo reconocer que uno puede subir más escalones en función del dinero que esté dispuesto a pagar o a generar para conseguirlo. He ahí el caso de Arnold Schwarzenegger.

—Que para ser un buen “americano” se han de conocer, respetar e incluso observar los ritos religiosos judíos, mientras que nada se menciona, por ejemplo, de los ritos y costumbres del islam. El dato es que la población musulmana estadounidense es aproximadamente el doble que la judía, pero la riqueza y el poder que acumula esta última es infinitamente superior a la del primer colectivo. Lo que explicaría por sí solo el desproporcionado interés en la difusión de la cultura judía.

—Que la vida nos brinda diariamente (entiéndase en cada capítulo de la serie) la oportunidad de elegir “el camino correcto” y, tras muchos vaivenes argumentales y muchas dudas por parte del personaje, éste elige invariablemente el camino correcto. En la vida real, existen “personajes” que se equivocan y eligen el camino incorrecto muy frecuentemente, lo que ocurre es que estos personajes suelen ocupar destacados puestos en el organigrama del poder y a sus acciones incorrectas las llaman globalmente “hacer política” y más eufemísticamente “diplomacia”. Ambas con sus respectivas variantes más hirientes y más incorrectas “geopolítica” y “diplomacia internacional”. Uno de los mayores exponentes de este argumento es Donald Rumsfeld.

Añado un par de detalles que me parece interesante mencionar, y que se da en la inmensa mayoría de las sitcom, los temas tratados como trascendentes o vitales no lo son en absoluto, más bien todo lo contrario. Esto va en detrimento de la capacidad de análisis y juicio del espectador. En la misma línea va la fea costumbre de marcar al espectador el momento en el que ha de reír, a base de meterle por los oídos esas odiosas risas enlatadas que suenan siempre igual de inapropiadas, igual de mal e igual de estridentes. Esto anula por completo cualquier resto de capacidad analítica que pudiera haber sobrevivido en el cerebro del espectador que, lobotomizado diariamente, queda incapacitado para reconocer el mejor chiste del mundo si alguien no se lo indica.

En común

Indistintamente del tema y su tratamiento, es notable la ausencia casi total de personas obesas entre los personajes protagonistas de las teleseries. Es llamativo que este problema de salud lo tenga casi uno de cada tres estadounidenses mayores de 15 años.  Es preciso mencionar que cuando aparece algún personaje obeso suele quedar señalado como la excepción. La realidad es bien distinta.

También es muy frecuente en los productos cinematográficos estadounidenses, aunque especialmente en su cine, la presencia de la frase “God bless America”, el famoso “Dios bendiga a América”. Algún inocente pensará que se refieren a TODO el continente americano, de punta a punta, desde Alaska a Tierra de Fuego, pero no. Es esa odiosa y condenable costumbre que tienen los estadounidenses de pensar que ellos son América y que América son ellos, solo ellos. Despreciando así a nada menos que 600.000.000 de personas que también viven en América. Esta frase suele ser pronunciada a modo de último recurso, cuando todo está perdido, cuando solo ellos, los estadounidenses, serán bendecidos por dios, porque ellos sí son buenos y se lo merecen, no como el resto de los mortales, que nos repartimos los roles de tontos y malos. En última instancia, el mensaje lanzado al espectador es el de “dios aprobará cualquier cosa que decidamos hacer para salvarnos”, convirtiendo los hechos posteriores a la pronunciación de la frase mágica, en decisiones quasi-divinas, aunque se puedan dar situaciones en las que se cometan inmoralidades, injusicias y hasta delitos, la frase te dice “aprovecha ahora que dios no está mirando” o quizás “hazlo, dios lo aprobaría”. Veo muy claro que para los estadounidenses el continente americano se divide en dos grandes regiones, a saber: América y Sub-América.

No quisiera finalizar sin mencionar ese otro espantoso tic de que adolecen las teleseries: las empalagosas moralinas. Esos pequeños fragmentos de texto que llegan hasta los oídos del telespectador gracias a una aterciopelada y susurrante voz que nos resume el capítulo, por si acaso no hemos sido capaces de entender el mensaje que nos han lanzado en él. Estas moralinas están plagadas de argumentos obvios y hasta infantiles. De la misma manera que se repiten por toda la eternidad las declaraciones de los futbolistas tras un partido (no importa qué futbolista, no importa qué partido y no importa su resultado), las moralinas se repiten de una teleserie a otra siguiendo el mismo patrón: “La gente a veces hace cosas malas, pero en el fondo es buena”. El hecho de que las moralinas corran invariablemente a cargo de una voz en off ¹ parece buscar la sensación en el espectador de que la voz proviene de su propio interior, de su conciencia.

Puede que solo sean impresiones mías, pero creo que las películas de ciencia-ficción de la siguiente generación deberán tener en cuenta que, por culpa de este tipo de infames productos televisivos, en el futuro ya no será necesario ningún implante neuronal en los ciudadanos para su sometimiento conductual.

 

(¹)El término voz en off se refiere a la técnica de producción donde se retransmite una voz no pronunciada visualmente delante de la cámara

 

Puede leer la primera parte en: Estereotipos y estereotipejos (I)

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Una respuesta a “Estereotipos y estereotipejos (II)

  1. Programas de TV:dícese de un conjunto de emisiones periódicas escritas en un lenguaje determinado con un fin “muy claramente específico”

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